Odio las flores. Diario de una chica decidida
12.05.2012
Repasando:
Manuel: – alumno, compañero; me trajo flores cada día, a lo largo de tres semanas, antes de que se atreviera a besarme; nos despedimos por una tontería.
Rafael: – estudiante del último año, colega; me trajo flores a lo largo de las tres meses en que hicimos el amor antes de cada examen (“para acallar las emociones”); nos despedimos, por supuesto, después del examen final.
Daniel: – esposo; me trajo flores cada vez que me traicionó, a lo largo de los tres años de nuestro matrimonio; nos separamos por consentimiento mutuo.
Pero Gabriel… ¡Qué diferencia! Gabriel no me trajo flores. ¡Él es un artista, un guitarrista rebelde y apasionado, a punto de renunciar a su libertad para dedicarse sólo a mí! Es mi ídolo, mí gurú. Merece cualquier sacrificio. ¡Tengo que demostrarle mi amor!
13.05.2012
Entré en el taller de tatuajes. Me mostraron varios modelos. “¡Flores no!” dije resueltamente. Elegí, al azar, una araña, para tatuarla en mi nalga, junto a su nombre. Estoy esperando emocionada su reacción…
14.05.2012
A Gabriel le gustó muchísimo la araña: “¡Parece una flor!”, exclamó. (¿Una flooooor??? ¡Caramba!)
17.05.2012
Evidentemente, G. me abandonó. Salió de gira para un destino desconocido. (¡Estúpida araña!..)
Sembraste una canción en mí
Sembraste una canción en mí
que creció rebelde y confusa…
¿Porqué domarla nunca conseguí?
Tu honda paz, tu plenitud profusa
a adquirir en vano acudí;
mi alma siempre quedará reclusa
de la serenidad que presentí,
aunque sea sólo una intrusa.
Ilusionados, pero no ilusos,
entramos en el mágico jardín
de los afanes vivos o difusos,
mientras de su florido baldaquín
el Jardinero, sonriendo abstruso,
dibuja su poema circular sin fin…
Colores
ahí, abajo, la ciudad,
la ciudad sin torres -
sin torre alguna
que le prestase verticalidad.
ahí, verticales
son sólo los colores,
bufandas de seda sin materialidad.
cada casa respira,
expiando sus tintas al ocaso;
adormece despojada
- piedra sobre piedra -
caída en la sombra del fracaso.
cada alma durmiente
despierta su psique-mariposa
que traiga al cielo
los irrealizados sueños del día,
abortados por la noche mohosa
de lo sin vivir de veras,
de lo sin amar
de lo caminar a ciegas
de lo no hay nada que esperar
así, cada noche,
los colores-mariposas
vuelan al alto espejo del cielo,
penetran la plata de su reflejo
y entran el la otra ciudad
- La Ciudad al Revés -
de castillos y torres,
de vestidos glasés.
a hurtadillas pasan las aduanas
de la incógnita tierra
sin la mera
preocupación por su vuelta a casa.
hasta que la madrugada,
envuelta en su enlutada gasa,
sacude el incensario celeste
y todo lo terrestre
recae helado a su viejo lugar.
cada hogar
y cada humilde alma
despierta sin calma -
enfermos por un ardoroso anhelo,
por una insaciable, extraña
nostalgia del cielo.
y siguen así,
aquí en la tierra,
luchando contra la telúrica fiera
hasta que,
por un grano de suerte,
los liberase la muerte.
El árbol predestinado
El árbol predestinado
Al cumplir sus quince años, según el ritual de su pueblo situado en el corazón del bosque, María tuvo que hallar su árbol predestinado. En realidad, el árbol era el que elegía al niño, llamando su nombre, para desvelarle el futuro: tú vas a ser carpintero, tú – pescador, tú – tejedora… y del tronco de aquél árbol tallaban barcos, muebles, telares y otras cosas que traían suerte al niño elegido.
María recorrió todos los senderos del bosque, sin oír palabra alguna, hasta a la puesta del sol. Entonces, divisó un abeto aflautado que brillaba en una mágica nube de luz. Una voz irreal, suave y fascinante llamó su nombre: María… Se acerco encantada y lo abrazó. Se quedó así toda la noche, escuchando sus dulces y melancólicas palabras.
¿Qué te dijo el árbol? preguntó su madre. ¿Vas a ser tejedora, cocinera?… ¿monja?… ¿o te vas a casar con un príncipe? La niña negó con dulzura: me dijo que me amaba tanto, que nunca nos íbamos a separar…
La próxima primavera, María murió súbitamente y del aflautado tronco tallaron el pequeño ataúd en que la niña y el abeto siguieron durmiendo abrazados, inseparables, por la eternidad…
(relato finalista en el concurso Esta noche te cuento… – el cuarto lugar)
El invierno del silencio
El silencio es mi maestro
El silencio es mi guía
.
Descendí uno tras uno
los peldaños de mi existencia
abandonando en ellos
palabras, hombres, sueños rotos.
.
Viajé ad inferos
hasta los últimos estratos de mi geología,
regresando a los raíces del tiempo,
a mi último refugio.
.
Bajo la nieve del silencio me quedé
adormecida por los siglos,
aislada en mi crisálida de hielo.
.
Septentríon, Septentríon,
tocan las campanas de la guerra,
se acaba tu hierático reinado…
.
Prepara tu exilio
hacia la lejana tierra de la noche,
a los márgenes del mundo…
.
En este triste, vació, nuevo mundo
¿quién lo va a saber?
al estirar mis nuevas pobres alas
¿volaré?
¿caeré?
¿volaré?
Sin respuesta…
Lagrimas de oro, gotas de cristal,
gotas de silencio, lagrimas de sal…
-
Despilfarradoras manos de la suerte…
te dieron vida,
te dieron muerte,
te dieron alas, te hicieron mal…
-
Gotas de silencio, lagrimas de sal….
*
Y porqué los dados,
siempre desdichados,
cayeron al caos
por desportillados…
-
Porqué el destino,
en su desatino,
rompió las copas,
derramó el vino…
-
Porqué te preguntas,
dudas y barruntas…
Se llevó el viento
las horas consuntas…
*
Porqué te deshojas, árbol eternal…
Los muros gotean lagrimas de sal…
Espinada frente, filos de cristal…
*
Sonriente pases hasta al final
por los abisales signos del portal,
a coger la roja Rosa del rosal -
*
Lagrimas de sangre, gotas de cristal…
SOBRE LOS CAMINOS ERRANTES
DISCÍPULO: Mira, Maestro, en fin, en fin podemos divisar los muros… ¡Los muros de la ciudad sacra! Estamos tan cerca, al cabo de los tres meses en que estuvimos vagando por este pedregoso desierto… He olvidado ya la sed y el hambre… ¡Quisiera volar hasta la gran puerta!…
MAESTRO: Cállate, amigo. Tenemos que parar para un breve rato.
DISCÍPULO: ¿Qué pasa, Maestro? ¿Estás bien? O, quizás, quieres arrodillar para la última oración, antes de partir… Sí, sí, excusa mi ímpetu, maestro, tienes razón, vamos a rezar enseguida…
MAESTRO: Levántate, caro mío. No se trata de eso. No tenemos tiempo para rezar.
DISCÍPULO: ¿Entonces…? Entonces ¡adelante, maestro! Sacudimos el polvo de nuestras sandalias y… al cabo de tres horas alcanzaremos nuestra meta. Mira, maestro, el camino es bueno, adoquinado… y en su última porción hay datileras y palmeras que protegen a los caminantes cansados con sus sombras acogedoras…
MAESTRO: Hijo mío, escúchame. Vino el día en que te enseñase la última lección. Tengo que pedirte algo.
DISCÍPULO: Sí, Maestro… Dímelo.
MAESTRO: ¿Ves este camino lateral, que está partiendo desde aquí y continua serpenteando por entre los médanos, para perderse al fin al horizonte? Te pido que vengas conmigo para una larga jornada, siguiendo este camino.
DISCÍPULO: … ¿Una nueva jornada?… Pero… dijiste que la ciudad sacra fue nuestra meta… ¡Ay, Maestro, estamos tan cerca! Mira la maravilla que se alza ante nuestros ojos y este recto camino, este recto largo y generoso camino que nos conduce directamente a las puertas… Puedo divisar a los atalayas que abren las puertas y nos llaman… Me pides renunciar, abatirme de mi sueño, de mi camino… No lo puedo entender, Maestro… Quizás… el sol, el hambre, el cansancio…
MAESTRO: No, no, caro mío, estoy muy bien y mi mente está más clara que nunca. Escuchame atentamente: el camino recto es el camino de ” lo sé”, de “lo quiero” y de “lo necesito”. Es un buen camino. Pero hay también otros caminos. Los caminos errantes… Los caminos de “no lo sé”, de “no lo necesito” y de “no lo quiero”. Los caminos de los amplios rodeos, de las vueltas y de los recodos infinitos. Ven conmigo. Si no, quédate aquí, en esta hermosa ciudad que te haya prometido al partir por nuestro camino. Ésta es mi última lección. Tú puedes elegir…
DISCÍPULO: Y… ¿adónde van aquellos caminos, Maestro?…
MAESTRO: ¿Quién sepa?… Al cabo del mundo o, quizás, al cabo de nuestros límites. Te pusiste triste, hijo mío… Lo siento…
DISCÍPULO: …
MAESTRO: Mira, querido discípulo mío, cuando era joven, mi maestro me enseñó lo mismo… Aquí, junto a esta misma piedra.
DISCÍPULO: Y tú, ¿que hiciste?
MAESTRO: Lloré con lagrimas amargas. Lo demás… por supuesto, lo entiendes. ¡Eh, mi viejo maestro!… Pasó toda su vida caminando… especialmente en los caminos errantes. Está viviendo todavía. Lo raro es que llevé tanto tiempo sin pensar en él…
DISCÍPULO: Y ¿cómo está tu maestro, Maestro? ¿Está feliz, está rico, vive rodeado por su numerosa familia?
MAESTRO: No… Está anciano y solo…
DISCÍPULO: ¿Está caminando todavía?
MAESTRO: No. Llegó a ser el más sabio de los hombres. Pasa sus días en silencio, bajo la sombra de una datilera; ahora todos los caminos retornan a él.
DISCÍPULO: Maestro, los caminos… La nueva jornada… No sé… la noche, la ciudadela, los mágicos cantares que envuelven mis oídos, los perfumes de las mujeres, las aromas de las sabrosas comidas… Soy joven, Maestro… deseo tantas cosas… ¡Vamos a anochecer en la ciudad! Y mañana…
MAESTRO: Lo siento, amigo, aquella mañana será una otra mañana. La decisión tienes que tomarla aquí, esta noche. Mañana por la mañana yo voy a partir por el nuevo camino… Lo siento… Ahora… Estoy cansado. Estoy viejo y cansado, hijo mío. Buenas noches.
DISCÍPULO: Buenas noches, Maestro…
……………………………………………………………………………………………………………………….
DISCÍPULO: Esta piedra será mi cama esta noche… Salió la luna, aclarando los senderos de mi corazón… ¿Cuyos son estas lágrimas? Los muros, los cantares… los caminos… Ésta noche… Mañana…
Diferéncia
Mi palma sobre tu palma:
¡Qué diferéncia!…
¡Se te queda tanto espacio, tanta vida más!
¡No puedo apoderarme de ti!
SOBRE REYES, JARDINES Y SABIOS
Él: Los reyes construyen castillos. Los sabios cultivan jardines.
Ella: Había reyes sabios, que hicieron tanto castillos como jardines. Yo prefiero los jardines.
Él: ¿Y desprecias los castillos?…
Ella: No, no, pero… Mira: un castillo es como… una mandala. Una mandala de piedra.
Él: Sí, un producto de la razón. Una mandala algo rígida y arrogante. El jardín es también una mandala, pero una mandala viva – la razón humana ordenando lo irracional de la naturaleza.
Ella: …El rey Alfonso y la Fermosa, Raquel… Me gusta la leyenda… Él le había regalado un palacio y un jardín. Un jardín secreto. No creo que a la Fermosa le habría gustado sólo el palacio. Se habría muerto de tristeza…
Él: Tampoco sólo el jardín… ja, ja.
Ella: ¡Ay, no me corrompas el cuento!… No, no le habría gustado sólo el jardín porque… un jardín que no pertenece a un castillo, a una casa, a un edificio cualquiera es… ¡un parque! ¡Es para todos!
Él: Y ¿qué es malo en eso?
Ella: Ay, me estás enojando… Dejemos a los reyes. Volvamos a los sabios…
Él: Pues los sabios… ¡lo saben! Por eso aman los jardines.
Ella: ¿Por qué necesitan jardines para saber? Para saber… lo que saben.
Él: Un jardín es una isla. Todo está corriendo, alrededor. En el jardín todo va despacio. Eso es. ¿Entiendes?
Ella: Creo que sí… No puedes apresurar las flores a florecer. La experiencia de lo despacio, de la lentitud, del descanso. Ponerte en armonía con eso.
Él: Por supuesto. Poner la armonía de las flores en ti y tu armonía en las flores. Razón y corazón.
Ella: Entonces, ¿cuál debe ser el sentido último de un jardín?
Él: Querida mía, todos los jardines son regalos, regalos de amor. Para uno o para muchos. Los jardines rodeados de muros son regalos secretos, para amores secretos. Los jardines públicos son regalos para todos.
Ella: De veras. Para cultivar un jardín, tienes que regalar tiempo, sabiduría y amor…
Él: Los reyes regalan castillos. Yo solo puedo regalarte esta rosa…
Ella: Tú eres un sabio, mi amor…
El ocaso de los libros
Anteayer, cometí una villanía, un crimen:
eché unos libros.
Porque eran viejos y feos;
porque los habíamos leído tanto,
que se habían roto, se habían puesto inválidos
y ahora no podían regalarnos nada más;
porque unos de éstos, decimos, eran idiotas congénitos
y tomaban el espacio vital de otros libros más sanos;
porque nadie recordaba quien los había comprado y porqué.
-
Anteayer fue el holocausto de los libros:
llené un gran basurero con aquellos libros
y los di la indigna muerte de arder
en el vientre infernal del camión de basura.
-
Ayer, fue el turno de otros viejos libros
(unos dos cientos, desamparados,
como gente de cuenta empobrecida)
para ser expulsados de sus estantes
y estar obligados a seguir
el camino sin vuelta de los desterrados.
-
Cada dos semanas, mi papá sacaba de su mágica maleta
una pila de libros nuevos que había comprado.
El ritual dictaba de colocarlos en el medio de la mesa
y después tomarlos uno a uno, acariciar las cubiertas, hojear las páginas
y decir palabras admirativas en cuanto al autor o a la obra.
Nosotros, los niños, corríamos, subíamos en las sillas
para ver, olfatear, tocar Los Libros.
El encuentro con los libros tenía el significado de una revelación.
-
Tal como Borges, me imaginaba el paraíso
como una infinita biblioteca.
Tuvimos el orgullo de crear nuestro imperio de libros,
unos tres mil libros,
reunidos por el esfuerzo de tres generaciones
- hombres más bien pobres que ricos, amantes de la literatura.
Una fortaleza de libros, un arca
para atravesar el diluvio de los tiempos,
o mejor dicho, una Torre de Babel,
en la cual nos atrevíamos a hacer frente a la eternidad.
Nuestro padre solía decir, sentenciosamente, en sus últimos años:
”No voy a dejaros otras cosas tras morir, sino esta biblioteca,
que es un real tesoro, porque estos libros valen muchísimo.”
Ahora estos libros no valen más.
-
Ayer hice una nueva tría y eché muchos libros expirados,
literatura comunista y socialista,
– escritores mas o menos ingenuos
que escribieron como requerían los tiempos;
algunos de ellos, ilustres tres decenios atrás,
ya no significan nada; los manuales escolares los han olvidado;
guardé a los más conocidos y eché a los impostores.
No a todos; a unos de ellos amé durante mi adolescencia.
-
La municipalidad colocó al cabo de mi calle
unos contenedores ecológicos para papel, vidrio y metal.
Al anochecer, mis vecinos trajeron libros
y los echaron a la basura.
No los pueden vender, nadie los compra…
materiales reciclables…
Tanto mas oscura se ponía la calle, tanto mas
aumentaba el número de los
que habían decidido a traicionar
y a sacrificar a sus viejos amigos
bajo el pretexto de los cambios de la vida moderna.
Yo hice lo mismo. Por la noche.
Hoy… mañana… otra selección…
-
Imagino a los ángeles de los libros muertos
volando por encima de este masacre,
preparando, desde la altura impasible del cielo,
otra selección, inevitable,
en que no llorarán los libros.















